Hace muchos años leí esta cita de Aldous Huxley sobre las consecuencias de sentir o dejarse llevar por el miedo: “Y no solo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y solo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”. No lo entendí o, mejor, no lo compartí. Me pareció exageradamente poético. Inverosímil. ¿Hasta tal punto puede el miedo condicionarnos?
El día que me diagnosticaron cáncer (hoy hace justo un año) sentí mucho miedo. No a morir, porque en ese momento ni se me pasó por la cabeza una cuenta atrás. Fue un miedo a lo desconocido. ¿Cómo sería mi (nuestra) vida con cáncer? ¿Cómo podría ser su madre estando enferma? ¿Cómo podría yo, siempre débil e insegura, sobrellevar algo así? ¿Cómo?
Pero al día siguiente cuando me explicaron el proceso, me entregaron una carpeta que tendría que ir rellenando con mis análisis semanales y me llenaron la agenda de citas y pruebas, el miedo dejó de oprimirme el pecho. Cambié el ¿por qué a mí? por el ¿por qué a mí no? Asumí que me había tocado. Y ya está. Tiré, como pude, como pudimos, para adelante. Un año malo, pensé, nada más.
Pasaron los meses y mi vida dejó de ser lo que era. No había semana que no pasara (no pase) por el hospital. Pruebas, quimios, consultas o complicaciones de efecto secundarios que acababan en Urgencias. Cada semana conocía un nuevo dolor. Dejé de ser yo. Me olvidé de cómo era antes y con la imagen que me devolvía el espejo no acababa de familiarizarme.
Siete meses después del diagnóstico mi cuerpo pareció rendirse. Había superado 16 sesiones de quimioterapia y acababan de amputarme el pecho. Me dolía. Me dolía a morir. Dicen que el peor dolor no es el que te mata, sino el que te quita las ganas de vivir. Y es así. Sentía tantísimo dolor que a los pocos días de salir del hospital perdí la cabeza. Carlos recuerda (yo no) que, agarrándole fuerte, absolutamente desquiciada, le grité una y otra vez que ya no podía seguir luchando más. Ni por mi, ni por ellos. Y un mes después, cuando el posoperatorio había pasado y tenía que volver a enfrentarme a otra fase de quimioterapia recién cumplidos los 32 años, volvió esa sensación que se había quedado aparcada en la consulta del ginecólogo aquel 5 de abril de 2017. El miedo esta vez al sufrimiento físico, el miedo al dolor, abrió las compuertas del terror a todo lo demás: a la depresión, a la recaída… y, por supuesto, a la muerte. Caí en una espiral peligrosa de la que quería y necesitaba salir a toda costa y cuanto antes. Y fue entonces, recordando a Huxley, cuando, por primera vez en mi vida, empecé a sentir miedo del miedo.
Cuando parecía que todo llegaba a su fin el dolor volvió a destrozarme física y anímicamente. Y esta vez fue peor. Mucho, mucho, peor. Pero resistí. Creía no saber cómo, pero sí. Porque Aldous Huxley arrancaba esas declaraciones con una rotunda afirmación: “el amor ahuyenta el miedo”. Y así fue. Así continúa siendo.
Fdo: Carmen González-Llanos







