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Amenaza de parto pretérmino

La catástrofe que temes que ocurra ya ha ocurrido. D Winnicott.

  • Érase una vez una niña que se llamaba María.

María me mira y se sonríe, como si la hubiera encontrado jugando al escondite. “Mía” dice feliz, y se señala el corazón. Ese es su nombre todavía.

  • Sí, como tú, y mira, tiene unos rizos rubios como los tuyos. Como un león ―le remuevo el pelo que le acabo de peinar, su madre teletrabaja. Le señalo la página del libro que le regalamos sus tías, donde sale una niña pizpireta y rubia, igualita que Mía―.

Noto una patada en el vientre, te remueves, como si quisieras que te encontrara a ti también, pero aún es pronto. Me recorre un escalofrío. Paso la página mientras Mía acaricia el pelo de la niña dibujada.

  • Y mira, María sale al parque y ¿cómo está María? ¡Contenta! ¿Cómo es María contenta?

Mía frunce los labios y enseña seis dientes diminutos, esparcidos por las encías, con los ojos muy abiertos. Me hace estallar en una risa, y la contracción de mi vientre me da un vuelco al corazón ¿Seguirás ahí? Respiro hondo y procuro no moverme. Mi risa la contagia a ella también. Me recuesto aún más en la cama, ella se acerca a mi cuerpo, y paso la página.

  • Y entonces María es muy pequeña y un niño quiere jugar con sus juguetes en el parque. Pero María no sabe compartir todavía. ¿Cómo se pone María? ¡Enfadada! ¿Cómo es María enfadada?

Mía pone exactamente el mismo mohín de Mía contenta, pero levanta las manos como dos garras a los lados de la cara y emite un rugido agudo más digno de un cachorro de chihuahua que de un león. No puedo evitar la risa de nuevo. Te remueves en mi vientre y, con cuidado, llevo una mano a mi ombligo, te intento calmar para que me calmes a mí ―Padre nuestro que estás en los Cielos…―. Estoy deseando que conozcas a tu prima, pero aún es pronto. Todavía no. Mía pasa la página.

  • Y, claro, ya se ha puesto el sol, y María tiene que regresar a casa, pero no quiere. Se lo está pasando muy bien en el parque con sus amigos. ¿Cómo se pone María? ¡Triste! ¿Cómo es María triste?

Mía tuerce las cejas hacia dentro y vuelca las comisuras de los labios, y yo hago lo mismo, recostada. Pero, rápido, lo reconsidera:

  • ¡Noooo! ¡Mía triste no! ¡Mía contenta!
  • Bueno, pero si María se pone triste no pasa nada. María se puede poner triste un ratito y enseguida se le pasa. Yo también a veces me pongo triste. Y mamá, y no pasa nada.

Mía se ríe y me toca los labios, quiere que me ría también, con ella. Obedezco. Pasamos la página juntas.

  • Y entonces María va a la piscina, pero el agua está fría. Mira, lleva el mismo flotador con el que vamos a la playa en Almería, igualita que tú. Todos los niños saltan a la piscina. Pero María no. ¿Y cómo se pone María? ¡Asustada! ¿Cómo es María asustada?

Mía me mira, y arruga las cejas en su frente despeinada.

  • Con susto, como cuando mamá te tiene que cortar las uñas y tú no quieres. ¿Te acuerdas? Que te piensas que te va a hacer daño pero no, porque mamá te quiere mucho y lo hace con mucho cuidado ―le toco las yemas de los dedos y los bordes de las uñas, lisos y cortados el día anterior en medio de horribles llantos y convulsiones. Mía me mira y sé que lo recuerda, lo veo tras sus ojos, recuerda esa sensación―. Pues eso es el miedo. Cuando piensas que te va a pasar algo pero luego no, porque no pasa nada, y mamá y las titas están aquí contigo.

Mía cierra el libro y trae al bebé de plástico. Es la hora del biberón del Bebé Bobó. Jugamos a que lo preparamos y lo calentamos en el microondas. Va llegando la hora del baño y de la cena del bebé Mía, pero aún no se lo voy a decir.

¿Cómo explicar el miedo a alguien tan pequeño? Un susto, un “bú” inesperado, eso sí. Pero no esto. No el motivo que me tiene encamada contigo desde hace semanas, la amenaza constante, la peor de las pérdidas que se balancea sobre la cabeza a todas horas. Te toco en el lugar de mi vientre donde imagino que tienes los pies y te pido por favor que no te vayas ―Santa María Madre de Dios…―. No quieras salir aún. Se retuercen mis músculos, o lo que queda de ellos con el reposo ―Si esto es un hombre, me suelo decir ante el espejo cuando salgo de la ducha, toda huesos y vientre―. Me cuesta respirar y me incorporo con cuidado.

¿Cómo perciben el miedo los niños tan pequeños? Dudo mucho que con este peso en el pecho, con la arritmia persistente, queriendo correr pero a dónde, queriendo huir pero cómo, si está aquí dentro, o arriba, sobre la cabeza ―tic tac tic tac― en cualquier momento. Pienso en otras emociones, Mía contenta, Mía triste, Mía enfadada. Es mucho más fácil de entender. Supongo que cuando somos tan pequeños es todo más intenso, más primitivo y desnudo.

Imagino la primera vez que me frustré. Que estuve triste o enfadada. El primer juguete que se me rompió. El primer baño que no quise. Debió ser devastador. Pero con el tiempo, según crecemos, vamos modulando esas emociones. Aprendemos que el mundo no se acaba con ese primer suspenso, esa primera amiga que se enfada y deja de hablarnos, esa primera ruptura amorosa…

Pero el miedo es diferente. Sólo va a peor. Recuerdo la frase de mi padre: uno no sabe lo que es el miedo hasta que no tiene hijos. Yo ni siquiera estoy ahí aún. Te tengo a ti, a una larvita amenazada que crece en silencio dentro de mi vientre. Que en cualquier momento puedo perder. Me vienen las imágenes en blanco y negro, la cara de las doctoras, de mi mujer, ante las noticias en el hospital:

  • Mucho reposo, hidratación abundante y ante cualquier cambio venís a urgencias. Ahora no podemos más que esperar. Es tan pequeña aún que no tendría posibilidades fuera.

Y el terror, como nunca lo había vivido. Uno no sabe lo que es el miedo hasta que no tiene hijos. Pero y si lo que se tiene es una larvita pequeña, móvil, de párpados fusionados. Que se quemaría las retinas con la luz del sol. Aún sin piel, envuelta en una cubierta rosa chicle que no la protegería ni de la más dolorosa caricia. Con los deditos membranosos, unos pulmones translúcidos como branquias, cómo quemaría el oxígeno en cada convulsión por respirar. Y en el cráneo una sustancia blanca que aún sería clara de huevo transparente. Cómo proteger a alguien así de un mundo como este ―Padre nuestro que estás en los Cielos…― y no morir cada segundo que pasa de puro terror.

Mía me acerca el biberón del bebé Bobó. Me ha sentido ausente y tiene los ojos preocupados. Sonrío. Y le doy al bebé la cena que le hemos preparado entre las dos. Ojalá nunca sepáis lo que es el miedo. Con la mano en el vientre, sobre tu corazón, me hago una promesa. Si algún día llegas a este mundo con tus órganos funcionales, el hígado a la derecha, el bazo a la izquierda, la sustancia gris de color gris, y los pulmones preparados para el aire desértico de Almería, intentaré protegerte de todo. No habrá hija asustada, igual que no hay Mía triste.

Miro a Mía con el bebé en brazos. Lo apoya sobre su hombro, como queriendo sacarle los gases después de la cena que le hemos dado. Me mira confundida, muy fijamente. Estoy paralizada en la cama, bañada en sudor, y tiemblo ―Santa María Madre de Dios…―. Mía busca algo en mi cara que ya no está. Y dentro de sus ojos, más allá del brillo de las córneas, de la pupila color miel, sobre el reflejo de la retina, veo un destello. Una semilla diminuta. Una inquietud pequeña como una larva. Pero con terribles tentáculos capaces de agarrar y exprimir toda la corteza cerebral. Licuarlo todo. Bajar hasta la garganta y más aún, hasta el corazón, donde abrirán un hueco por donde entre libre el viento. Allí en silencio soplará y soplará, con el poder de derribar todo un cuerpo adulto, dentro de muchos años. En una tormenta de arena. En una arritmia. Su primer miedo.

Mar Muñoz-Chápuli

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