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La Vergüenza

¿Qué es la Vergüenza?

A diferencia de otras emociones primarias (como la tristeza, o el enfado), la vergüenza es una emoción social, y está profundamente ligada a la pertenencia. Esto quiere decir que los seres humanos somos biológicamente dependientes de la comunidad, pues para nuestros antepasados ser rechazado implicaba quedar expuesto a peligros reales, y esa lógica nos sigue acompañando a día de hoy.

La vergüenza viene a mandarnos un mensaje tipo: “hay algo malo en ti”, cuando sentimos que determinadas conductas o atributos podrían suponer una amenaza a los vínculos sociales, el estatus o la aceptación. Se diferencia de la culpa en que ésta tiene que ver con la conducta (el mensaje de la culpa sería algo más tipo: “he hecho algo mal”), mientras que la vergüenza habla de nuestra identidad, no sólo de nuestro comportamiento. Es por ello que la culpa moviliza hacia la reparación del daño, mientras que la vergüenza moviliza hacia la ocultación.

Las reacciones fisiológicas asociadas a la vergüenza tienen que ver con una posición corporal que pretende comunicar sumisión: “no soy una amenaza”; es por eso que cuando la sentimos bajamos la mirada, disminuimos la postura corporal (nos encogemos), nos sonrojamos, aumenta nuestra temperatura corporal y nuestro sistema simpático se activa, poniéndonos alerta. Esto nos suele llevar a comportamientos de evitación de situaciones que nos generan o han generado vergüenza, aislamiento social, autocrítica intensa, o conductas defensivas (ataque, retirada o perfeccionismo).

La vergüenza requiere de la capacidad de autoconciencia (capacidad de mirarnos a nosotras mismas), es por ello que se desarrolla a partir de los 2-3 años. Se desarrolla en la relación con los demás, es decir, los demás nos transmiten cómo de aceptables somos o es nuestro comportamiento, y eso nos ayuda a integrarnos en el grupo. El problema es cuando nos quedamos atrapados en ella, e interiorizamos que somos nosotras las defectuosas, generando una sensación de inadecuación constante.

La vergüenza nuclear

La vergüenza asociada a la identidad puede acabar generando la creencia central de que hay algo defectuoso, inadecuado, o indigno en una misma, es entonces cuando hablamos de vergüenza nuclear.

Esta vergüenza ligada a la identidad suele generarse en contextos donde el afecto ha estado condicionado al rendimiento, hay crítica constante o humillación, se invalidan emociones (“estás exagerando”, “no es para tanto”), hay experiencias de rechazo o exclusión. El niño o niña que no puede valerse por sí mismo y necesita adaptarse, interioriza que si hay algo mal, debe ser por él o ella, y ahí se consolida una imagen defectuosa de uno mismo. 

Normalmente, no se vive como un pensamiento consciente, es una sensación interna de que “hay algo malo en mí”, “si me conocieran, me rechazarían”, “no soy suficiente”. Esto lleva a la persona a evitar situaciones en las que pueda sentirse rechazada, generar un diálogo interno autocrítico (“soy un desastre”, “siempre lo hago mal”), desarrollar conductas perfeccionistas, o a rechazar directamente las relaciones, aislarse, e incluso autoabandonarse.

Vergüenza y soledad

La vergüenza nuclear genera una sensación muy grande de soledad, pues la persona vive acompañada de la sensación de que si se muestra a los demás, será rechazada. Es por ello que las personas que tienen esta sensación tienden a no poder mostrarse del todo, desconfiar de otras personas, no pueden descansar en los vínculos y sentirlos como lugares seguros.

La vergüenza nuclear se alimenta de la sensación de singularidad del defecto (“solo yo soy así” “solo me pasa esto a mí”), y al invitar al aislamiento, la persona se retroalimenta en esa sensación. La persona no identifica todo esto como vergüenza, sino como una  verdad objetiva y la prueba evidente de que debe esconderse para no ser rechazada.

Además, en una sociedad donde se glorifica el mostrarnos fuertes e impasibles, y por tanto la vulnerabilidad es inaceptable, y entonces dejamos de compartirla. Pensamos que sentirnos así nos hace débiles y nos separa de los demás, nos hace sentir que esto solo nos pasa a nosotras. Sonreímos cuando estamos agotadas, decimos “no pasa nada”, nos mostramos fuertes… pero nadie puede conectar con lo que no ve. Así, la vergüenza crea una desconexión doble: nos aleja de los demás y de nosotras mismas y nuestro sufrimiento.

El antídoto para la vergüenza: la humanidad compartida

Christine Neff define la autocompasión como la capacidad de tratarnos con amabilidad cuando sufrimos, reconociendo que el dolor y la imperfección forman parte de la experiencia humana compartida. Es decir, frente al mensaje de la vergüenza de “sólo tú eres así”, “solo a ti te pasa esto”, la autocompasión nos manda el mensaje de que “ser humano implica sentir esto”. No se trata de justificarlo todo ni evitar la responsabilidad, sino pasar del juicio a la comprensión.

Cuando cultivamos la autocompasión dejamos de estar en modo amenaza y defensa, para pasar a la calma y la afiliación. El cuerpo se siente seguro y entonces es donde puede aparecer la conexión que nos salve de la soledad y la vergüenza nuclear. Entonces podemos empezar a compartir pequeñas partes de nosotras y nuestra vulnerabilidad en espacios seguros y aprender que lo que creíamos vergonzoso a inaceptable suele ser más humano y común de lo que creíamos.

Nunca dejaremos de sentir vergüenza, pero podemos aprender a dejar de identificarnos con ella. Sentirla no es una señal de que haya algo malo en nosotras, sino que quizá nuestra pertenencia y valor social puede estar en juego. Implica pasar de “soy vergonzosa” a “me siento avergonzada”. Podemos empezar a mirarla con amabilidad y curiosidad, como una emoción que nos manda un mensaje, y podemos elegir actuar en base a ella o no.

Si has sentido que hay algo malo en ti, identifica la vergüenza y pregúntate:

  • ¿Qué parte de mí está intentando proteger?
  • ¿De qué miedo me está hablando?
  • ¿Qué necesitaría ahora mismo?

La vergüenza nos invita a escondernos.

La autocompasión nos invita a quedarnos.

Irene de Juan González

Psicóloga Social y Sanitaria. Especialista en Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Experta en perspectiva de género.

irenedejuanpsicologa.com

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